SANTA FE
Mantovani Florece: cuando el arte, la educación y el ambiente se encuentran
Hay
proyectos educativos que se desarrollan dentro de las aulas y hay otros que,
poco a poco, desbordan sus paredes. Mantovani
Florece pertenece a esta segunda clase. Durante los ciclos lectivos
2024, 2025 y 2026, la Mantovani hizo de la relación entre arte, ambiente y educación un eje
transversal de su vida institucional. No se trató de sumar una temática
ambiental a los contenidos habituales, sino de preguntarse qué puede hacer una
institución dedicada a la educación artística cuando decide asumir el cuidado
de la vida como una dimensión de su tarea pedagógica.
El
proyecto fue concebido como una propuesta trianual que involucró a la comunidad
educativa a través de las distintas cátedras y talleres artísticos. Su punto de
partida fue una convicción: el cuidado del ambiente puede ser pensado como un
derecho y, al mismo tiempo, como una responsabilidad colectiva que compromete
las formas de enseñar, crear, mirar y habitar el mundo. Desde esa perspectiva,
arte y educación aparecen como herramientas capaces de producir sensibilidad,
pensamiento crítico y nuevas formas de relación con aquello que nos rodea.
La
metáfora que eligió la institución para nombrar este proceso no es casual. Florecer implica crecer, pero también
hacerlo en relación con un territorio, con otros seres y con determinadas
condiciones de posibilidad. Una flor no existe de manera aislada: necesita
tierra, agua, luz, cuidados y tiempo. De algún modo, esa imagen permitió pensar
también a la escuela como un organismo vivo, capaz de aprender, transformarse y
producir nuevas formas de encuentro.
Una escuela con una historia
ligada al arte y la educación
La
experiencia de Mantovani Florece se inscribe en una historia institucional
mucho más extensa. La Escuela Mantovani fue fundada en 1940 por el pedagogo argentino Juan Mantovani, cuyo nombre lleva la institución. Desde sus
orígenes, la escuela articuló educación y cultura y construyó una identidad
estrechamente vinculada con la formación artística.
Actualmente
cuenta con dos niveles educativos. El Nivel
Secundario ofrece una formación especializada en artes visuales y
audiovisuales, mientras que el Nivel
Superior brinda las carreras de Tecnicatura
y Profesorado en Artes Visuales. A esta estructura se suma, en
consonancia con su mandato fundacional y su vínculo con la comunidad, una
oferta de cursos y talleres abiertos a diferentes públicos.
Entre
ellos se destaca el Taller de Expresión
Creadora (TEC), destinado a niñas, niños y adolescentes de entre
6 y 18 años, además de propuestas de dibujo, torno, cerámica y otros talleres
que se definen anualmente.
A lo
largo de su trayectoria, la institución también fue espacio de formación para
numerosos referentes del campo artístico y cultural santafesino y nacional. Esa
tradición permite comprender que la relación entre producción artística,
formación y participación cultural no constituye una novedad para la Mantovani:
forma parte de una identidad construida durante décadas.
En ese
sentido, Mantovani Florece puede leerse como una nueva página de una historia
institucional en la que la educación artística no se concibe únicamente como
transmisión de técnicas, sino como una manera particular de producir
conocimiento, sensibilidad y ciudadanía.
Una política institucional de
proyectos transversales
El
proyecto tampoco surgió de manera aislada. Desde 2018, la Escuela Mantovani viene desarrollando proyectos
transversales destinados a enriquecer la formación de quienes estudian para
convertirse en Profesores y Técnicos en Artes Visuales.
Uno de
esos antecedentes fue Proyecto SOMA,
una experiencia centrada en las relaciones entre artes, cuerpo y educación.
Posteriormente, Mantovani 40
recuperó la historia institucional a partir de la conmemoración de las ocho
décadas de la escuela, mientras que otras propuestas abordaron las relaciones
entre democracia, educación artística y
derechos humanos.
Esta
modalidad de trabajo supone una concepción de la formación que procura superar
la fragmentación disciplinar. Los proyectos transversales funcionan como
espacios donde distintas asignaturas, talleres, lenguajes y actores
institucionales pueden encontrarse alrededor de una problemática común. Así,
aquello que se aprende en una materia puede adquirir nuevas resonancias cuando
entra en diálogo con otros saberes y prácticas.
Mantovani Florece profundizó esa línea de trabajo al proponer que el
ambiente no fuera solamente un contenido, sino una problemática capaz de
atravesar la experiencia educativa completa.
La semilla: formar para
transformar
El primer
año del proyecto, 2024, estuvo dedicado especialmente a la formación del equipo docente. La
intención fue construir herramientas teóricas y metodológicas que permitieran
abordar la compleja relación entre arte, ambiente y educación desde las
diferentes áreas de la institución.
La imagen
de la semilla apareció entonces como una metáfora del proceso. Antes de
florecer había que preparar el terreno.
Se
desarrollaron instancias de formación y se construyeron acuerdos pedagógicos
orientados a que los talleres artísticos pudieran convertirse también en
espacios de reflexión ecológica y experimentación con prácticas sostenibles. La
pregunta ambiental comenzó así a ingresar en los modos de producir, seleccionar
materiales, pensar las obras y relacionarse con el entorno.
La
propuesta se sostuvo sobre varios principios: reconocer que la humanidad forma
parte de una trama de vida y no es su propietaria; comprender la
interdependencia entre cuerpos humanos y otros seres; promover prácticas
artísticas sostenibles; visibilizar las heridas ambientales y las
desigualdades; cuidar la diversidad y fortalecer los vínculos comunitarios.
En ese
marco, el arte comenzó a ser pensado como una práctica de cuidado. No
necesariamente como una ilustración de los problemas ambientales, sino como una
posibilidad de producir otras sensibilidades frente a ellos.
Cuando la escuela sala a la calle
En 2025,
el proyecto dio un nuevo paso: salió de la escuela y se encontró con la ciudad.
El
acontecimiento central fue La Caravana “Mantovani
Florece”, realizada el 26 de septiembre por las calles de Santa Fe. La
propuesta reunió a los distintos niveles de la institución: los Talleres de
Expresión Creadora, el Nivel Secundario y el Nivel Superior.
La
caravana fue, al mismo tiempo, una celebración, una intervención artística y
una forma de hacer visible aquello que se venía trabajando puertas adentro.
Batucada, artefactos poéticos, producciones corporales y diversas propuestas
artísticas ocuparon el espacio urbano, mientras la comunidad educativa
celebraba también los 85 años de la
Escuela Mantovani.
La
experiencia puso en evidencia una de las ideas centrales del proyecto: una
institución educativa no termina donde termina su edificio. También puede
enseñar cuando ocupa una calle, cuando interviene una plaza, cuando comparte
una producción con la comunidad o cuando transforma sus propios modos de mirar.
Entre las
producciones que participaron de aquella experiencia apareció “Le Biche Insurrecta” o “La Bicha
Mantovanesca”, una propuesta colectiva de carácter performático que
llevó al espacio público cuerpos y formas de intervención inspiradas en una
lógica rizomática y tentacular. La obra puso en juego, además, una perspectiva
interseccional y una reivindicación de las diversidades desde el arte cuir.
La
escuela, de este modo, no solo celebraba su aniversario. También hacía visible
una determinada manera de entender la educación artística: como práctica
situada, colectiva y capaz de intervenir en las conversaciones que atraviesan a
una comunidad.
Un manifiesto para una escuela
que florece
Uno de
los resultados conceptuales del proyecto fue la elaboración de un Manifiesto, a cargo de Gabriel Cimaomo, directivo de la
institución y especialista en Estética y Ética del Arte.
El
manifiesto recuperó deliberadamente una tradición propia de las vanguardias
artísticas, pero sin reproducir su gesto de ruptura radical. En palabras de
Cimaomo:
“El
manifiesto recupera una tradición de las vanguardias artísticas pero la
resignifica. No pretende romper violentamente con la tradición académica, ni
aspira a transformar la sociedad toda, sino que pone en palabras el espíritu
que animó el proyecto: comprender la praxis artística y educativa como un
compromiso ético y político con la defensa y el cuidado de la vida sobre el
planeta.”
La
afirmación permite comprender una dimensión central de Mantovani Florece. El
proyecto no propuso abandonar la especificidad de la educación artística para
convertirla en educación ambiental. Por el contrario, buscó pensar qué puede
aportar el arte, desde su propio campo de saber y experiencia, a una
problemática que excede cualquier disciplina.
El
manifiesto funcionó así como una especie de brújula conceptual: una escritura
colectiva que puso en palabras el espíritu de una experiencia que había
comenzado en las aulas y que, progresivamente, se expandió hacia otros
territorios.
El ambiente como territorio de
derechos
El cierre
del proyecto, durante 2026, profundiza esta perspectiva. La propuesta consiste
en intervenir las puertas y ventanas
del edificio histórico de la escuela mediante producciones artísticas
desarrolladas a partir de los aprendizajes y experiencias acumulados durante
los tres años.
La
elección de las aberturas tiene una fuerte carga simbólica. Una ventana permite
mirar hacia afuera, pero también permite ser mirado desde afuera. Una puerta
separa y, al mismo tiempo, comunica. Intervenirlas supone entonces trabajar
sobre el límite entre la institución y la comunidad.
La idea
que orienta esta última etapa es que el
arte ambiental florezca desde el interior de la escuela y emane hacia el
espacio público. La arquitectura deja de ser un simple soporte y se
convierte en parte de la propuesta artística.
La
apertura pedagógica de esta etapa estuvo a cargo de Isabel Molinas, quien propuso un recorrido por distintos autores y
recuperó la noción de gestos botánicos
en la educación. Para Molinas, “la idea fue transformadora” y debería
ser “replicada en otros ámbitos de formación”.
Su
intervención introdujo además una perspectiva particularmente significativa
para una escuela situada en Santa Fe: la relación con el territorio litoraleño.
“En
nuestro medio litoraleño el río y el ambiente deben ser considerados como
portadores de derechos, igual que los animales y todos los seres vivos”.
La frase
desplaza la mirada: el ambiente deja de ser un escenario donde ocurre la vida
humana para convertirse en parte de aquello con lo que la vida humana establece
relaciones de interdependencia.
Molinas
recuperó, en este sentido, una expresión del pensamiento de Ailton Krenak: “el
futuro es ancestral”, porque existe en el pasado algo fundamental para
construir el futuro cuando se coloca en el centro el respeto y el cuidado de la
Pachamama.
El edificio como obra y como
mensaje
Durante
las jornadas de producción de septiembre, la escuela volvió a convertirse en un
gran taller. Las ventanas y puertas del edificio fueron concebidas como
superficies de intervención para producciones que recuperaran los aprendizajes
desarrollados durante el trienio.
También
aquí aparece una decisión que excede lo formal: el proyecto promovió el uso de materiales sostenibles, vivos o reciclados,
continuando una preocupación que atravesó las diferentes etapas de Mantovani
Florece.
El
edificio histórico deja así de ser solamente patrimonio arquitectónico para
transformarse en una superficie pedagógica. Sus aberturas se convierten en
lugares desde los cuales la escuela puede mirar y ser mirada; producir
imágenes, pero también formular preguntas.
El cierre
tendrá además un gesto particularmente sencillo y poderoso: la plantación de un árbol en la sede de la
institución. El árbol funcionará como testigo vivo del proceso y como
símbolo de continuidad. Después de tres años de trabajo, la propuesta no
termina exactamente en una clausura: deja algo creciendo.
Florecer también es defender la
educación artística
Hay una
dimensión política en Mantovani Florece que no se reduce a las obras producidas
ni a las intervenciones realizadas. El proyecto se desarrolló en un contexto en
el que la educación artística reivindica su papel en la formación de ciudadanos
sensibles, críticos y capaces de reconocer la complejidad de los problemas
contemporáneos.
En esa
dirección, el documento institucional recupera la Declaración por el Derecho a la Educación Artística de la
Universidad Nacional de las Artes, formulada en 2024, que sostiene que la
educación artística tiene un papel estratégico en la construcción de
ciudadanías “alertas, críticas, lúcidas y sensibles” y en la formación de una
ética social orientada a valorar la vida de todas las especies y de todas las
personas.
La
perspectiva resulta especialmente significativa para una institución cuya tarea
central es formar artistas y docentes de arte. Si educar artísticamente
significa aprender a mirar, escuchar, interpretar, imaginar y crear, entonces
también implica preguntarse qué mundo se está aprendiendo a mirar y qué
relaciones se desean construir con él.
Por eso,
el ambiente no aparece en Mantovani Florece como una unidad temática más. Se
convierte en una pregunta transversal sobre las formas de vivir y de enseñar.
Una escuela que florece hacia
afuera
Después
de tres años, el proyecto deja una serie de producciones, intervenciones,
experiencias formativas y acciones colectivas. Pero quizá su legado más
importante sea una pregunta: ¿qué
significa educar cuando aquello que está en juego es la vida común?
La
respuesta construida por la Escuela Mantovani no pasa por abandonar el arte en
nombre de una urgencia ambiental. Es, más bien, la contraria: confiar en la
potencia específica del arte para producir otras formas de sensibilidad y
conocimiento.
Durante
el trienio, las aulas se transformaron en espacios de experimentación; los
talleres, en laboratorios de prácticas sostenibles; las calles, en escenarios
de intervención; el edificio, en soporte artístico; y la comunidad, en
interlocutora.
En
palabras de Gabriel Cimaomo: “El manifiesto que surge de nuestro proyecto no es
solo una declaración de principios, implica comprender el planeta como aula
expandida y hogar compartido con todos los seres vivos. Mantovani Florece
porque entiende que el ambiente es la Tierra y el arte y la educación los
nutrientes que necesitamos para que el planeta reverdezca. Florecer es un acto
de amor y de justicia hacia la humanidad, las demás especies y las generaciones
futuras.”
Tal vez
allí se encuentre la imagen más precisa para comprender estos tres años de
trabajo. Florecer no es solamente
crecer: es hacerlo con otros, en un territorio y bajo condiciones que deben ser
cuidadas.
La
Escuela Mantovani llega al cierre de este proyecto con una intervención sobre
sus propias puertas y ventanas. Es una elección cargada de sentido: abrir la
escuela hacia afuera, hacer visible lo que durante años se trabajó adentro y
permitir que el arte producido en sus aulas encuentre otros ojos, otras
preguntas y otros territorios.
El árbol
que se plantará como gesto final será, en ese sentido, más que un símbolo. Será
una forma de recordar que los procesos educativos, como los procesos
artísticos, no siempre terminan cuando concluye un proyecto. Algunas
experiencias quedan bajo tierra durante un tiempo. Después, inesperadamente,
vuelven a brotar.
Mantovani Florece porque una escuela de arte también
puede ser un lugar donde se aprende a cuidar aquello de lo que todos formamos
parte.


